SENTIRSE LIBRE “Para la libertad sangro, lucho, pervivo. Para la libertad, mis ojos y mis manos, como un árbol carnal, generoso y cautivo, doy a los cirujanos.” Miguel Hernández. UN LARGO CLAMOR POR LA LIBERTAD La historia de Occidente -una historia difícil, dura, llena de crisis- es un largo clamor por la libertad. Está ensangrentada por continuas luchas para conseguirla, para retenerla, para recobrarla. Ahora bien, lo decisivo es que los occidentales o son libres o saben que no lo son, y quieren serlo. Dicho con otras palabras, los occidentales tienen que ser libres. Es muy importante darse cuenta de que en lo humano lo decisivo no es lo que se es, o lo que se tiene, ni siquiera lo que es posible, sino lo que se tiene que ser, o se tiene que tener, o se tiene que hacer. El hombre está definido por sus necesidades o por sus pretensiones. La libertad es un caso ejemplar. Hay otro más claro todavía: la felicidad. No es difícil demostrar que la felicidad es imposible. Se ha definido la libertad como “el imposible necesario”, y al hombre como el animal que necesita ser feliz y que no puede serlo. Es mucho más importante el tener que ser feliz que el problema de poder o no poder serlo de hecho. La vida humana no está definida por la posesión de la felicidad, sino por la busca de la felicidad. Pues bien, en la forma de vida histórica que llamamos occidental esto aparece especialmente claro en cuanto a la libertad. El occidental es un hombre que se siente vocado a la libertad, que se siente llamado a ser libre. Para él la vida es libertad o, por el contrario, su privación. Pero si consideramos la historia, o en el presente otros tipos humanos que no son occidentales, vemos que ha habido y hay pueblos que no echan de menos la libertad. Acaso no la han conocido nunca. No me refiero, claro está, a la libertad personal, a la libertad de elegir la vida de cada uno, a cada hora, de proyectarse y decidir entre posibilidades. Esto es la vida humana misma; sin ello no habría vida. Me refiero a la libertad política, a la libertad social, a la libertad de decisión dentro de una sociedad -lo cual condiciona el horizonte de esa otra radical libertad personal-. Hay pueblos que no tienen libertad, pero en rigor no les falta, no la echan de menos. Carecen de ella, pero no están privados de ella, como un cuadrúpedo carece de alas, pero no tiene sentido decir que está privado de alas. No le pertenecen, no las echa de menos, no les duele su falta. Naturalmente, los pueblos occidentales han tenido y tienen hoy, en el presente grados muy diversos de libertad. El problema es determinar qué necesita cada pueblo, cada país, en cada época, en suma, cada sociedad singular, para sentirse libre. Esto es lo fundamental: sentirse libre. El hombre es libre cuando realmente se siente libre; y cuando no se siente así, no es libre, por muchas libertades, que tenga consignadas en la legislación. En nuestro país hay un refrán que dice que “la risa va por barrios”. Yo diría que en Occidente la libertad también va por barrios, pero siempre reside por lo menos en algunos. ¿Y en los demás, donde no la hay? La piden; claman por ella. ¿Cómo puede determinarse esta situación de la libertad? Es posible que nos equivoquemos, que se nos diga demasiada veces que tenemos libertad y acabemos por creer que la tenemos; o que se nos diga que no la tenemos y terminemos por sentirnos siervos y esclavos. Yo aconsejaría a todos hacer por una vez una modesta cuenta. Habría que hacer una lista de las libertades que faltan. En cada sociedad, en cada país, incluso en cada grupo o estrato social, porque puede haber desigualdades profundas dentro de una misma sociedad, se puede hacer una lista de aquellas libertades de que se está privado y que se echan de menos. Al lado de esta lista, que en muchas países es bastante larga, habría que poner otra: la de las libertades que se pueden perder. Qué cosas podemos hacer -tal vez sin darles demasiado valor-, qué cosas no podríamos hacer si pasaran en la sociedad donde vivimos algunas cosas que quizá nos parezcan en algún momento deseables y apetecibles. Yo creo que un hombre verdaderamente occidental no se hubiera nunca atrevido a preguntar, lo que hace más de setenta años le preguntó Lenin a Don Fernando de los Ríos, socialista español, que había de ser ministro de la República. En su libro Mi viaje a la Rusia sovietista -como entonces se decía-, cuenta Don Fernando de los Ríos que al preguntarle cuándo se va a establecer la libertad en la Unión Soviética revolucionaria, Lenin le contestó con otra pregunta “¿Libertad para qué?”. Yo creo que un hombre verdaderamente occidental no tendría que preguntarlo, porque hubiera sabido ya la respuesta: para vivir. Francisco Arias Solis e-mail: aarias@arrakis.es e-mail: pazylibertad@arrakis.es URL: http://www.arrakis.es/~aarias Siempre podemos hacer algo por la Paz y la Libertad. Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de Internautas por la Paz y la Libertad que figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/internau.htm Gracias. |