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Personas en Acción: Tablón de Mensajes: Tablón Archivado: Archivo Julio/Diciembre 2000: La voz de la verdad humana, por Francisco Arias Solis  
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La voz de la verdad humana, por Francisco Arias Solis
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Francisco Arias Solis
12 oct 2000 - 07:51   Editar Mensaje Borrar Mensaje Mover Mensaje (Sólo Moderador/Administrador)
EN EL 150 ANIVERSARIO
DEL NACIMIENTO DE
PABLO IGLESIAS
(EL FERROL, 1850-MADRID, 1925)

“La voz de Pablo Iglesias tenía para mí el timbre
inconfundible -e indefinible- de la verdad humana.”
Antonio Machado.

LA VOZ DE LA VERDAD HUMANA

Hace ya setenta y cinco años que la voz de Pablo Iglesias ha enmudecido para siempre. La voz
de “aquel hombre admirable que esperaba una nueva civilización”, como nos dejó dicho don
Miguel de Unamuno. Aquella voz capaz de entusiasmar a Marañón: “¡Con cuánto entusiasmo
oíamos aquella voz lejana, que aterró a los espíritus mezquinos de la sociedad española; pero
que desde allí, lejos, se veía bien que era la voz de la verdad!”

Iglesias vivió desde muy pequeño en Madrid. Inteligente y laborioso, pronto alcanzó un buen
nivel de instrucción, dada su gran afición a la lectura y las posibilidades que en este sentido le
ofrecía su oficio de tipógrafo. Durante toda su vida trabajó activamente en la difusión de las
ideas socialistas, viajando incansablemente y escribiendo continuamente artículos en El
Socialista, publicación dirigida por él mismo.

Las características más destacadas de la mayor parte de los escritos y discursos de Pablo Iglesias
son la originalidad y la actualidad de su contenido. Iglesias condenó siempre la violencia por
inhumana y por ineficaz. Cuando el 8 de agosto de 1897 Cánovas del Castillo cayó muerto por
un disparo vengador, Iglesias dijo: “Condenamos los crímenes de abajo tanto como los de arriba,
aunque algunas veces los primeros sean corolarios de los segundos”. Y añadía: “No
contribuyamos a convertir esta sociedad, inarmónica ya por el antagonismo de intereses, en una
sangrienta lucha de fieras”.

Cuando a fines de 1921 Eduardo Dato caía igualmente abatido por las balas, Iglesias expresaba
con mayor claridad aún su pensamiento: “La violencia, por si sola, no resolvió nunca nada: es
cosa adjetiva. En España es esencialmente reaccionaria, lo mismo si la ejercen los gobiernos que
si la practica el anarquismo. La fórmula salvadora es libertad y justicia. No hay otra”.

Tan sincero era su acento, que cuando en el mismo año de 1921 la Tercera Internacional de
Moscú pretendía absorber los partidos socialistas que se habían adherido a la Segunda
Internacional, al final del congreso “escisionista” escribió: “...la historia dirá si no hay un
principio de error, al deformar la espontaneidad del movimiento de adhesión de todos los
proletarios...”.

Esto nos demuestra que Iglesias, a más de confesor, apóstol del socialismo y mártir (probó la
cárcel muchas veces), fue también profeta de buena calidad. No es extraño que Ortega y Gasset
escribiera: “Pablo Iglesias es un santo”.

Pero quizá lo que más acredita a este santo laico, es su absoluto despegue frente al dinero y al
poder. Pablo Iglesias fue siempre un hombre de pueblo: sin dinero y sin apetencias. En efecto,
siendo ya un personaje importante de la política del país, el platero Inocente Calleja, que se
había convertido fulminantemente a la causa del proletariado, murió dejando en su testamento
unos hotelitos de El Escorial a la esposa de Iglesias, “porque de habérselos legado a Pablo, éste
los hubiera vendido para emplear el dinero que le diesen en ayudar al sostenimiento del partido y
del periódico”.

En 1901 ocupó Canalejas el Ministerio de Agricultura, Industria y Comercio, y pensó crear un
Instituto de Reformas Sociales, haciendo de la secretaría el cargo fundamental, con intento de
que la desempeñara Iglesias, a quien visitó. La negativa de éste fue terminante: no aceptaría
jamás otros cargos que aquellos a los que lo enviara el voto de sus correligionarios.

Pablo Iglesias ingresó en 1869 en la Primera Internacional. La ilegalización y posterior
disolución de la misma por atentar contra la familia, la moral, la patria y... sobre todo contra la
propiedad -privada, naturalmente-, le alcanzó afiliado a la Asociación General del Arte de
Imprimir. Como directivo de la misma, y sin solución de continuidad de las organizaciones
socialistas y de su órgano de prensa, sufrió reiteradas, aunque breves, encarcelaciones, múltiples
procesos y diversas sanciones administrativas. Así pues, militó ininterrumpidamente durante
cincuenta y seis años de su vida.

A lo largo de estos años, las únicas satisfacciones que obtuvo fueron sus repetidas elecciones
como concejal y diputado por Madrid, el lento pero constante crecimiento de sus organizaciones
y el respeto y la admiración de sus correligionarios y de otros muchos que no solamente
discrepaban de sus principios, sino que incluso militaban en campos adversos. “Lo considero el
español más eminente de su época -decía Indalecio Prieto-, aunque en política haya habido otros
más sabios y tan virtuosos como él. Le superaron en sabiduría y le igualaron en virtudes Costa,
Salmerón y Pi y Margall. ¿Pero quién realizó obra más eficaz, extensa y profunda que la suya?”

Queda mucho por contar de la vida del apóstol del socialismo español. “Y es menester acentuar
-decía Ortega- que Pablo Iglesias tiene derecho a que su vida sea contada -como un ejemplo que
solicita la imitación-, cualquiera que fuese la aquiescencia que a sus opiniones se le preste”.
Finalmente, citaremos la placa que el Ayuntamiento de El Ferrol colocó en la casa en que nació
Pablo Iglesias: “El 18 de octubre de 1850 nació en esta casa don Pablo Iglesias Posse, apóstol y
fundador del socialismo en España. Falleció en Madrid en 9 de diciembre de 1925. En justo
homenaje a su vida austera, al temple heroico de su voluntad y la honradez de su conducta, El
Ferrol le dedicó este recuerdo en 9 de diciembre de 1927”. Y como dijo Antonio Machado: “En
cuanto a la voz de Pablo Iglesias, del compañero Iglesias, o si queréis, del abuelo, yo prefiero
escucharla en mi recuerdo o, mejor todavía, en labios de otros hombres no menos auténticos, no
menos verdaderos, que aún nos hablan al corazón y a la inteligencia”.

Francisco Arias Solis
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