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Personas en Acción: Tablón de Mensajes: Tablón Archivado: Archivo Julio/Diciembre 2001: Las primeras hojas secas por Francisco Arias Solis  
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Las primeras hojas secas por Francisco Arias Solis
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Francisco Arias Solis
23 nov 2001 - 20:00   Editar Mensaje Borrar Mensaje Mover Mensaje (Sólo Moderador/Administrador)
LAS PRIMERAS HOJAS SECAS.

“En otoño dice el viento:
ya no es verdad lo que era
verdad esta primavera.
No hay verdad más que un momento.”
José Bergamín.

LA CONVICCION PROVOCADA DE QUE
LAS COSAS NO TIENEN SOLUCION.

En este otoño de 2001, si reflexionamos un momento sobre la situación en que nos encontramos,
adónde vamos, qué esperamos, encontramos que se ha invertido el estado de ánimo en que los
españoles habíamos vivido desde fines de 1975.Sentíamos que empezaba una etapa nueva; que
íbamos a alguna parte; y se produjo una impresión inconfundible de dilatación de la vida. No
ocultemos que algunos sentían temor y desagrado; pero predominaba la esperanza. En todo caso,
había expectativa. Desde muy pronto hubo tentativas de provocar el desencanto, el desaliento, la
desilusión. Con eso se trataba de provocar la pasividad de los españoles, de manera que fueran
inertes y manipulables. Cuando no hay entusiasmo no hay resistencia, se deja hacer a los que
quieren disponer a su antojo de un pueblo.

Durante unos años, esos intentos no prosperaron, y se llevó a cabo en nuestro país una
transformación imperfecta, con desaciertos pero con superabundante y rapidísima acumulación
de mejorías; sobre todo, con la creación de un cauce para avanzar en la historia. Con otras
palabras, se abrió un camino practicable para la esperanza.

Si somos sincero, tendremos que confesar que de todo ello queda muy poco. Cuando se lee un
periódico o se escucha un noticiario, no se espera nada bueno; pero lo más grave es que no se
espera nada incitante. Se repiten monótonas cantinelas de “éxitos” en los que nadie cree -y
menos que nadie los que lo proclaman-, o se reiteran enumeraciones de “fieros males”, que no
dejan de existir, pero que a veces no son tan fieros, y sobre todo se siguen hasta tal minucia, que
encubren con su insignificancia lo que verdaderamente debe inquietar. Y, por supuesto, no se
propone nada atractivo, esperanzador, que incite el apetito de vivir, que prometa una nueva
empresa nacional interesante.

Esto explica el fenómeno extrañísimo de que el amplísimo descontento dominante, que tiene
pocas excepciones, se presente acompañado de la frecuente convicción de que las cosas van a
seguir como están; lo cual no es muy comprensible cuando se vive en un régimen democrático,
en que los ciudadanos tienen en sus manos la posibilidad de cambiar la orientación del país.

Se diría que sopla un viento de proa que dificulta el avance. Pero entiéndaseme bien: no me
refiero a las dificultades que son grandes y notorias, pero que nunca han producido por si solas el
desánimo. Al contrario, los pueblos, cuando están sanos, se crecen ante las dificultades, que les
sirven de estímulo para dar de sí. Se trata de otra cosa: de la convicción provocada de que las
cosas no tienen solución, de que no se puede hacer otra cosa que lo que se está haciendo -o su
inversión mecánica sin innovación-.

La impresión de que la vida pública escapa de los ciudadanos es total, y cada vez se sienten
menos ciudadanos. Porque no se sienten tampoco representados por los que -casi siempre tibia y
desganadamente- discrepan de la conducción de los asuntos sin ofrecer nada atractivo, en
muchos casos sin proponer siquiera en serio y de modo fidedigno la modificación de eso mismo
de que dicen discrepar.

Esto produce en los españoles una impresión de que las cosas van a seguir “así” o de manera
muy parecida. Y ello engendra hastío, desaliento, indiferencia. La forma peor de la resignación.
Porque ésta, la resignación, es una actitud nobilísima y necesaria cuando consiste en aceptar lo
inevitable; pero es desastrosa cuando significa la mera pasividad frente a lo que se puede evitar,
corregir, transformar.

¿Hay razones, en España y fuera de ella, para que nos avengamos a vivir precariamente, sin
ilusión, sin confiar en que el mañana nos traiga algo nuevo y valioso? Mejor dicho, en que lo
traigamos, lo inventemos, lo realicemos. Creo que no. Las posibilidades con las que no
encontramos hace veinte años, están en principio intactas. España será -dentro de las
circunstancias reales, que también son modificables- lo que queramos. Con la única condición
de que efectivamente queramos, de que nuestra voluntad no se atrofie.

Pero esa voluntad tiene que estar alimentada, vivificada por el deseo. Siempre me sorprende -y
me deprime- la frecuencia con que se quiere lo que no se desea. Se procura, y muchas veces
consigue, lo que no atrae ,ni ilusiona, ni se estima; lo que acaso produce temor o repulsión. Y,
sin embargo, la actividad se moviliza hacia ello, impulsada por persuasiones ajenas, por
inhibiciones de lo que verdaderamente se desea por descalificaciones con las cuales se deja fuera
de juego a los mejores.

Cuando se llega a la convicción de que hay que elegir entre posibilidades no deseables, en todo
caso no deseadas, hay el peligro de que se elija por inercia o por el método de “cara o cruz”; es
decir, que no se elija, con lo cual la democracia se vacía de contenido. Por eso, la primera
operación que se realiza es la limitación de las posibilidades, la persuasión de que no hay más.

En otros términos, la amputación de la facultad imaginativa. Porque la verdad es que, con todos
los obstáculos que se quiera, el horizonte real está lleno de posibilidades incitantes. Se puede, se
debe entrar ilusionadamente en el otoño. Y como dijo el poeta: “Como las hojas caídas / del
árbol del corazón / dijo Espronceda que son / las ilusiones perdidas. / También se pierden las
penas: / y por haberlas tenido / nos da más pena el perderlas”.

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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