La vocacion de libertad por Francisco Arias Solis



  • LA VOCACION DE LIBERTAD

    “Y he de llevar mi libertad en peso
    sobre los propios hombros de mi gusto.”
    Cervantes.

    LOS ERRORES ARRAIGADOS

    Feijoo llamaba “errores arraigados” a lo que hoy llamaríamos creencias sociales erróneas. Y dedicó su vida a desarraigarlos, a contribuir a que sus compatriotas y contemporáneos fuesen saliendo del “estado de error” en que buena parte -es decir, en mala parte- vivían. Cada época tiene sus errores propios, más o menos arraigados. Pocas cosas serían más urgentes que establecer su catálogo, analizar su fundamento, y así intentar escapar a ellos hacia la forma más importante de libertad.

    Desde hace mucho tiempo circula como cosa segura, casi un axioma, que los hombres, a medida que avanzan en la vida, cuando entran en la madurez o se acercan a la vejez, van perdiendo su posible liberalismo originario y se hacen “conservadores”. Los términos pueden cambiar, pero en resumen se quiere decir que el impulso innovador y abierto de la juventud se va embotando hasta desembocar en formas rutinarias, que prefieren la seguridad a la libertad, “reaccionarias”.

    Llevo muchos años dudando que sea así. El estudio de la época romántica me hizo desconfiar de ese “axioma”. Los primeros liberales españoles -los “doceañistas”, inspiradores de las Cortes de Cádiz, que extendieron el liberalismo por media Europa y fueron los inventores de la acepción política de la palabra “liberal”- estuvieron en actitud de discrepancia frente a los constitucionales de 1820 a 1823, y a los ojos de estos se habían vuelto conservadores o retrógrados. ¿Era efectivamente así? La generación más joven, la que fue decisiva en el brevísimo periodo constitucional, la del Trágala, era muy poco liberal. Era radical, extremista, “exaltada”, como se decía entonces con mirífica palabra; pero de liberal tenía muy poco. Los doceañistas seguían siendo liberales, y por eso se sentían incómodos y descontentos en el ambiente de intolerancia, provocación y exasperación general que dominó el trienio.

    Ya un poco antes; Jovellanos, el defensor de la libertad y la independencia sin desmayos ni excepciones, que acababa de sufrir siete años de prisión por ello, vio amargados sus últimos años por la demagogia de los irresponsables que, sin título alguno, lo encontraban “reaccionario”.

    Desde esta época, la historia se ha repetido incansablemente. Una vez y otra, los hombres que dirigen las sociedades se han cansado de la libertad, de la tolerancia, de la decisión de contar con los demás, de convivir con los que piensan de otra manera y, además, no tienen el poder. Se han cansado, sobre todo, de imaginar, de inventar, de innovar, de pensar en vista de las cosas, del presente y, más aún, del futuro que se acerca. Los hombres de generaciones anteriores que no han renunciado a la libertad, al pensamiento alerta, que respetan las diferencias y hasta se alegran de ellas, que prefieren la variedad a la imposición de una forma única de vida, se sienten incómodos y discrepantes. No es que se hayan vuelto “conservadores” -si acaso, en el sentido de querer conservar la libertad y la convivencia, si se han alcanzado-; es que no creen que la cronología sea decisiva, que lo más reciente sea forzosamente mejor.

    Es muy frecuente que los que no hayan sido nunca liberales traten siempre de estar “a la última”, y rehuyan toda apariencia “conservadora”; o tal vez sienten afinidad con las formas que, bajo otros rótulos, renuevan sus viejas devociones. Hay bastantes casos de que son hombres de edad avanzada los que hacen alarde de ideas que se llaman “avanzadas” aunque sean más que centenarias, y sin que se aclare nunca hacia dónde avanzan: Pero estas formas miméticas, por lo general fugaces, no tienen demasiado interés.

    Lo que me interesa mostrar es la falta de fundamento de ese “error arraigado” de que la madurez o la vejez signifiquen involución.

    Mi impresión es que las mayores innovaciones, los máximos pasos “hacia adelante” se deben a los que, en posesión de larga experiencia, han permanecido creadoramente fieles a ciertas ilusiones juveniles, maduradas hasta la saturación, insobornablemente. Y esto en todos los campos, desde la acción política hasta el pensamiento, la literatura o el arte. Pienso en Cervantes, maravilloso ejemplo de casi todo, Velázquez; en el antes nombrado Jovellanos, y, para no dejar fuera nuestro siglo, en Unamuno, en Antonio Machado, en Juan Ramón Jiménez; o en Manuel de Falla, cuyas trayectorias son tan prodigiosamente reveladoras. Y como dijo el poeta: “A nada hay que acostumbrarse: / no hay que tomarle cariño / a las rejas de la cárcel”.

    Francisco Arias Solis
    e-mail: aarias@arrakis.es
    URL: http://www.arrakis.es/~aarias

    La Paz como un maletilla sólo pide una oportunidad.


 

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